Por Agustín Eugenio Acuña para LA GACETA

Me animo a afirmar que Ayn Rand es poco conocida en nuestro país. En nuestros claustros estudiamos a filósofos como Sócrates, Aristóteles, Platón, San Agustín, Santo Tomás, Descartes, Hegel, Marx, Heidegger, Nietzsche, Sartre, Wittgenstein e incluso hasta Watzlawick, pero paremos de contar. Hasta que un libro suyo cayó en mis manos, Rand solo me sonaba por la conocidísima empresa Randstad, número 1 en lo que hace a recursos humanos a nivel mundial. Y no, no tiene relación con ella.

Empecé a leer su obra de manera desordenada y absolutamente irresponsable. Tiendo a pensar que es la mejor forma de leer algo, desprovista de prejuicios y taras mentales, de juicios de otros, de comentarios y advertencias.

Algunos creen que, para dedicarse a la escritura, al escritor no le queda otra que transformarse en un personaje. Sobre todo, hoy, en tiempos de redes sociales, seguidores, likes, trolls y demás.

Si está en la arquitectura, anímese a leer a Rand. Si es individualista, anímese a leer a Rand. Si quiere entender algo al actual presidente, anímese a leer a Rand. Si cree que no es colectivista, anímese a leer a Rand (quizás se lleve una sorpresa). Si ama el capitalismo, anímese a leer a Rand. Si cree en los héroes, anímese a leer a Rand.

Night of January 16th (1934)

Paradójicamente, esta, una de las primeras obras de Rand, no la conocí sino hasta hace poco. Desconocía que hubiese escrito una obra de teatro como esta y me fue muy grato descubrir que era sobre un juicio por jurados, tema del cual soy fanático. Me enteré de su existencia cuando se presentó el proyecto de Ley de Juicio por Jurados Federal, el actual gobierno lo hizo con la representación de esta obra de teatro.

Si le gustan los dramas judiciales, le encantará. Es un drama judicial donde se lleva a cabo un juicio por el homicidio de un empresario “turbio”, Bior Faulkner. ¿La acusada? Su secretaria y amante, Karen Andre. La compungida viuda, Nancy Faulkner, afirma que su esposo había dejado su tumultuoso pasado atrás desde que ella entró en su vida y lo transformó. Lo novedoso es que Rand incorpora a miembros del público a la obra quienes son invitados a subir al escenario para formar parte del jurado.

No puedo no compartir lo que dice la defensa en un pasaje de su alegato final, pues aporta una perspectiva inquietante: “¿A quién se juzga en este caso? ¿A Karen Andre? ¡No!, son ustedes, damas y caballeros del jurado, quienes están siendo juzgados. Son sus almas las que serán puestas a la luz cuando hayan tomado su decisión”.

The Fountainhead (1943)

El manantial es la primera obra que leí de Rand, gracias a mi madre y su esposo, ambos arquitectos. Agarré el libro… y no pude soltarlo. La novela me atrapó y leí un capítulo tras otro de manera casi adictiva, como se lee lo que realmente vale la pena, según dicen los que saben.

¿Cómo no deleitarse con la historia de ese enorme personaje que es Howard Roark? Es el modelo de héroe individualista que a Rand le fascinaba. Roark es arquitecto, un hombre al que no le gusta seguir la corriente. Él tiene su estilo y su forma de trabajar, pero ambos son innegociables.

El libro fue un éxito y eso llevó a que se hiciera la versión cinematográfica en 1949, con Gary Cooper como protagonista. La novela es un canto al individualismo, pero tiene de todo, hasta un raro triángulo amoroso. Recuerdo que el consejo de mi mamá fue “mirála, tiene hasta un juicio, te va a interesar”. Si le gusta la arquitectura y el derecho (pareja rara, debo reconocer), le va a encantar. Rand le pega a todo el mundo: a los críticos que nunca hacen nada, a los que dejan de lado sus principios, a los que no se la juegan por lo que realmente creen y a todo lo que llama “colectivismo”. ¿Es periodista? Anímese y lea este libro, donde también Rand le pega al periodismo amarillista, a los magnates de los grandes medios y a la famosa “crítica especializada”.

Según leí por ahí, el personaje de Howard Roark se inspiró en Frank Lloyd Wright, arquitecto famosísimo por su estilo moderno y vanguardista. Roark representa el desafío a lo establecido, a lo clásico, a lo conservador, a los compromisos. ¿Son transigibles los principios? ¿Dejaría la actividad que ama porque no puede desarrollarla como quiere por negarse a hacerla como los demás le imponen? Esas preguntas se cruzan a lo largo de la obra que, sí, es larga, más de 800 páginas, pero le juro que se pasan rápido, pues lo cautivarán.

The Virtue of Selfishness (1964)

Ya no recuerdo donde vi o escuché decir a Ayn Rand que escribir novelas es un trabajo sumamente difícil y arduo. Pero no solo escribió eso. A lo largo de su carrera, además de escribir guiones cinematográficos para comer, también desarrolló diversos ensayos.

Esta obra los compila. No hay novedad para los conocedores de la obra de Rand, pero para los ignorantes como yo, que solo me enteré de su filosofía objetivista luego de leer sus novelas, este libro es un aporte importante. En sus novelas, si bien baja línea y evidencia su postura filosófica frente al mundo de una manera marcadísima, lo hace con tanta habilidad que uno consume la historia y se ve envuelto en la filosofía objetivista casi sin darse cuenta. Este libro es distinto. Rand desarrolla temas como la ética, las transacciones, el individualismo, los derechos, el gobierno, su financiación, el placer, la razón en una sociedad a la que caracteriza de irracional y hasta los conflictos de intereses. Sí, temas que de alguna manera siempre están presentes en la filosofía. Pero no se asuste. No están escritos en algún lenguaje críptico y rebuscado. Rand es directa y no da vueltas, lo que facilita muchísimo para los ajenos a la filosofía adentrarse en el objetivismo que propone.

¡Vivir! o Himno (1938)

¡Vivir!, también conocida como Himno en sus primeras ediciones, es una novela corta que en apenas doce capítulos nos transporta a una utopía totalitaria realmente opresiva. O, en términos de Rand, colectivista. Sí, parece una historia que se ha contado muchas veces, pero vea la fecha en la que Rand lo hace, mucho antes de esa gran obra de George Orwell, 1984 (publicada en 1949). El recurso que utiliza para contar la historia es el del diario de su protagonista, Igualdad 7-2521. Sí, ya hasta en ese nombre se ve el totalitarismo. Recuerdo que me atrajo esta novela porque leí que describía un mundo en donde la primera persona del singular (el tan temido “yo” en estos tiempos), ha sido erradicado de la faz de la Tierra por la primera persona del plural (el más correcto e inclusivo “nosotros”). Aunque no lo crea, Rand respeta su elección y escribe toda la novela de la mano del “nosotros” aunque Igualdad 7-2521 se esté refiriendo solo a sí mismo.

Como en toda la obra de Rand, el romance y el amor hacen de las suyas. Pero, además, es lo que desencadena la creatividad de nuestro protagonista, la curiosidad, los descubrimientos, la investigación… ¿la vida propia? También.

Rand siempre aprovecha para pegarles a los burócratas, a los formalistas, a los defensores del statu quo, siempre más cercanos a hacer respetar inútiles y absurdas reglamentaciones que a abrazar el progreso científico.

¿Le gusta la libertad? No dudo que le encantará acompañar a Igualdad 7-2521 y a su enamorada en su búsqueda más allá de los límites de una sociedad que los oprime al punto de suprimir todos los rasgos de su identidad.

Atlas Shrugged (1957)

La Rebelión de Atlas le costó casi once años de su vida a Rand. Es, según los que saben, la mejor novela que refleja su filosofía objetivista. También es de ciencia ficción, futurista, pesimista: sí, una distopía. ¿El escenario? Un Estados Unidos que ya no es lo que era, gracias al excesivo intervencionismo estatal. En definitiva, la decadencia se ha apoderado de la otrora nación más poderosa del mundo.

¿Por qué el título? Atlas en la mitología griega era el titán que sostenía el mundo en su espalda y Rand no se anda con vueltas: coloca en ese lugar a los empresarios. Sí, para la rusa nacionalizada estadounidense, ellos son el sostén de la sociedad. La idea que plasma es inquietante: ¿qué pasaría si el gigante decide rebelarse? O al menos así me lo vendieron. Por eso me llamó la atención: un libro que ensalza a los que hacen, a los que se mueven, a los que hacen que las cosas pasen y que de repente un día, hartos de hacer lo que hacen, abandonan a la sociedad, la vacían y la dejan sola.

Llegué a leerla por una curiosidad: leí que el republicano Paul Ryan, el presidente de la Cámara de Representantes de Estados Unidos, tenía como costumbre regalar un ejemplar de esta novela a todos los miembros de su equipo.

¿Es un libro para recomendar? Solo a aquellos que estén dispuestos a gastar su escaso tiempo en una zambullida de más de 1.200 páginas. O al menos, que se autoengañen como hice yo, que absolutamente irresponsable lo leí en un e-reader. Eso me ahorró la incomodidad de cargar un mamotreto y de no asustarme por su extensión. ¿No se anima a las más de 1.200 páginas? Pues ahí tiene la trilogía de películas que se lanzaron en 2011, 2012 y 2014.

We the living (1936)

Los que vivimos es el último libro que leí de Rand. Es una novela, pero en realidad, camuflada, tiene mucho de autobiografía. Kira, el personaje principal, una joven de familia aristocrática que vio su mundo explotar con la Revolución bolchevique de 1917, es claramente un alter ego de Rand que nos cuenta cómo era vivir en la Unión Soviética en plena transición entre el zarismo y el comunismo. Todas las dificultades que uno pueda imaginarse, están en esta novela: el desabastecimiento, los privilegios, las injusticias, la redistribución de propiedades, las confiscaciones, la masificación, el adoctrinamiento y, por qué no, los conflictos entre “camaradas”. ¿Le suena? Un viaje más al totalitarismo soviético, pero con la pluma de Rand. Ah, sí, también hay lugar para el amor y otro triángulo amoroso, por si hiciera falta, aunque no le prometo finales felices a los que nos tiene acostumbrados Hollywood.

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Agustín Eugenio Acuña – Abogado, doctor en Humanidades. (agustin.eugenio.acuna@gmail.com).

PERFIL

Ayn Rand nació en San Petersburgo en 1905 y murió en Nueva York en 1982. El éxito editorial le llegó con El manantial (1943) y La rebelión de Atlas (1957), su obra cumbre. En ellas, Rand desarrolló su filosofía, conocida como objetivismo, en la que plasma su original visión del hombre como «un ser heroico, con su propia felicidad como el propósito moral de su vida, con el logro productivo como su actividad más noble». Más tarde, establecería los fundamentos teóricos de dicha filosofía en ensayos como La virtud del egoísmo (1964) o Capitalismo: el ideal desconocido (1966).